Mauricio fue condenado por tentativa de homicidio, fraude, falsificación de documentos y delitos financieros relacionados con el desvío de fondos.
Daniela recibió condena por su participación en la conspiración, falsificación y fraude.
La aseguradora nunca pagó un peso.
El matrimonio terminó.
La empresa de Mauricio no sobrevivió.
Pero no porque yo la destruyera.
Eso fue importante para mí.
Durante meses la gente decía:
“Valeria acabó con él.”
No.
Mauricio acabó con Mauricio.
Yo simplemente dejé de impedirlo.
Grupo Montemayor retiró el apoyo que nunca estuvo obligado a ofrecer.
Sin contratos artificialmente favorables, líneas especiales ni rescates silenciosos, la empresa reveló su verdadera condición.
Quebró seis meses después.
Vendieron activos.
Pagaron parte de sus deudas.
Los trabajadores recibieron prioridad en los acuerdos que nuestro equipo negoció.
No quería que cien familias pagaran por el crimen de un hombre.
La casa en Álvaro Obregón también fue vendida.
No podía volver a vivir ahí.
La primera vez que regresé después del arresto fui acompañada por Lucía y dos agentes.
Todavía había dos copas sobre la mesa.
Una botella vacía de champaña.
Y semillas de botana en un plato.
Todo seguía casi exactamente como aquella noche.
Fui hasta la ventana lateral.
Desde afuera, allí había escuchado mi propia muerte celebrándose.
Me quedé mirando el vidrio.
Lucía se acercó.
—¿Quieres quedarte con la casa?
Negué.
—No.
—¿Segura?
—Completamente.
La vendimos.
El dinero fue a una fundación que apoyaba a mujeres que necesitaban representación legal para salir de relaciones violentas.
No puse mi nombre.
No necesitaba hacerlo.
Un año después del accidente, conduje nuevamente por la carretera México–Toluca.
Era de día.
No llovía.
Cuando llegué cerca del punto donde la camioneta había caído, reduje la velocidad.