Pero había cometido un error.
Dejó una maleta.
Dentro encontraron ropa, pasaporte y dos boletos de avión a Madrid para la semana siguiente.
A nombre de Mauricio Ortega y Daniela Ruiz.
Mi supuesto cadáver ni siquiera se había enfriado y ya tenían fecha de salida.
A las cuatro de la tarde, la noticia del “accidente” comenzó a circular.
Grupo Montemayor no anunció nada.
Eso confundió a Mauricio.
Llamó a Gabriel.
No obtuvo respuesta.
Llamó al área jurídica.
Nadie respondió.
Finalmente llamó directamente a una oficina que jamás había usado.
—Necesito hablar con alguien sobre la sucesión de Valeria Salazar.
La secretaria preguntó:
—¿Valeria Montemayor Cárdenas?
Hubo silencio.
Mauricio tardó varios segundos en responder.
—¿Cómo dijo?
—La presidenta del grupo.
La llamada terminó menos de un minuto después.
A las cinco y doce, Mauricio llamó diecisiete veces a mi teléfono.
No respondí.
A las cinco y veinte, Daniela llamó nueve veces.
Tampoco respondí.
A las seis, la policía llegó por Mauricio.
Yo no estuve presente.
Pero Lucía me contó después que abrió la puerta con cara de hombre derrotado.
—¿Encontraron a mi esposa?
Uno de los agentes respondió:
—Sí.
Por un instante, Mauricio pareció aliviado.
—¿El cuerpo?
—No.
Entonces me imagino que entendió.
Porque dejó de preguntar.
Lo arrestaron esa noche.
Daniela fue detenida en casa de una prima.
Doña Lupita fue localizada dos días después.
Yo había dado a la fiscal todo lo que sabía de ella.
Una mujer de setenta años.
Chal tejido.
Zapatos negros.
Una pequeña bolsa de mandado.
Parecía imposible encontrarla.
Pero un paramédico recordó haberla atendido esa noche por hipotermia leve cerca de La Marquesa.
Cuando finalmente nos vimos, la abracé.