—¿De qué hablás, amor? —insistí.
—De la plata para llorar —respondió Ivy con la misma naturalidad con la que explicaría que las nubes son de algodón—. Ella se la da a papi.
El baúl se cerró con un golpe tan fuerte que Ivy pegó un pequeño salto en sus zapatillas. Nolan nunca había golpeado nada con esa rabia contenida.
—Ivy, dejá de inventar cosas —le cortó, con una voz filosa que no le pertenecía.
El labio de mi hija comenzó a temblar.
—Pero papi —susurró—, vos me dijiste que no le contara a mami lo de la plata para llorar.
El estacionamiento entero pareció enmudecer. Le pidió que se subiera al auto con un “por favor” tan herido que ella obedeció abrazando su conejo de peluche. Yo me senté del lado del acompañante porque no confiaba en mis propias manos al volante. Durante todo el camino a casa traté de armar el rompecabezas: un tapado rojo, un auto rojo, una rubia que apenas recordaba, y una “plata para llorar” destinada a un hombre que jamás lloraba.