Yo riéndome.
Todo parecía normal otra vez.
Casi.
Ernesto ya se estaba alejando cuando lo llamé.
“Espere.”
Se volvió.
“¿Dónde lo encontró exactamente?”
La pregunta parecía inocente.
Solo quería saber si Santiago lo había perdido en su despacho de Reforma o en el gimnasio al que iba cada jueves.
Ernesto señaló vagamente hacia el sur.
“Junto al Centro de Convivencia Familiar de la colonia Álamos.”
La sonrisa se me borró.
“¿El centro de convivencia?”
“Sí.”
Conocía aquel lugar.
Allí se realizaban encuentros supervisados entre algunos padres y sus hijos cuando existían conflictos de custodia, medidas judiciales o situaciones familiares delicadas.
Estaba a casi media hora del despacho de Santiago.
Y completamente en dirección contraria al gimnasio.
Miré el teléfono en mi mano.
La noche anterior Santiago había sido muy específico.
“Salí del despacho a las 5.”
“Fui directo al gimnasio.”
“Seguramente se me cayó cuando me cambié.”
Levanté la mirada.
“¿Está seguro de que fue ahí?”
Ernesto frunció ligeramente el ceño.
“Segurísimo. Lo encontré junto a la reja del estacionamiento.”
Sentí un nudo en el estómago.
Entonces recordé otra cosa.
La noche anterior, mientras cenábamos, Santiago tenía una mancha verde sobre el puño de su camisa.
Le había preguntado qué era.
“Marcador del despacho”, respondió.
Yo no había dudado.
¿Por qué iba a hacerlo?
Santiago era el hombre que recordaba que yo odiaba el cilantro.
El que llamaba a mi madre todos los domingos porque sabía que a ella le gustaba hablar.
El que una vez manejó 4 horas de madrugada para buscarme cuando mi coche se averió en Puebla.
Nunca había tenido motivos para desconfiar de él.
Hasta ese momento.
Ernesto notó mi expresión.
“No quiero meterme donde no me llaman.”