Un desconocido me devolvió el teléfono que mi esposo había perdido y, antes de irse, le pregunté dónde lo encontró. Señaló un centro de convivencia familiar y añadió: “Hay un niño de 5 años que espera a su esposo todos los jueves”. No lloré ni lo llamé. Apreté el teléfono y guardé silencio. Tras 11 años de matrimonio sin hijos, aquella frase hizo que todo lo que sabía sobre él empezara a tambalearse.

Tenía razón.

Santiago llevaba casi un año viviendo una vida que yo desconocía.

Solo que no había otra mujer.

Ni un hijo secreto.

Ni una familia escondida.

Había un niño de 5 años sentado junto a una ventana.

Un dinosaurio verde reparado con cinta.

Una corona ridícula de cartulina.

Y un hombre que cada jueves cruzaba media ciudad para asegurarse de que, si alguien no llegaba, ese niño no tuviera que esperar completamente solo.

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