Tenía razón.
Santiago llevaba casi un año viviendo una vida que yo desconocía.
Solo que no había otra mujer.
Ni un hijo secreto.
Ni una familia escondida.
Había un niño de 5 años sentado junto a una ventana.
Un dinosaurio verde reparado con cinta.
Una corona ridícula de cartulina.
Y un hombre que cada jueves cruzaba media ciudad para asegurarse de que, si alguien no llegaba, ese niño no tuviera que esperar completamente solo.