“Todavía no.”
El niño pensó.
Después anunció con absoluta seriedad.
“Puedes ser Mamá Dinosaurio.”
Miré a Santiago.
Él intentaba no reír.
“¿Por qué?”
Emiliano señaló a mi esposo.
“Porque Papá Dinosaurio necesita ayuda.”
No pude responder inmediatamente.
Finalmente asentí.
“Entonces acepto.”
Emiliano pareció satisfecho.
“Bien. Tenemos que hacer un nido.”
A las 4:37 de la tarde, la puerta volvió a abrirse.
Un hombre entró corriendo.
Uniforme azul.
Zapatos mojados.
Respiración agitada.
“Perdón.”
Miró el reloj.
“El Metro se detuvo y…”
Emiliano soltó todo.
Cartón.
Crayones.
Dinosaurio.
“¡PAPÁ!”
Corrió hacia él.
Roberto cayó de rodillas.
Lo abrazó tan fuerte que cerró los ojos.
Sus hombros comenzaron a temblar.
Santiago y yo nos quedamos en silencio.
No había nada que decir.
Al salir aquella tarde, lloré en el coche.
Santiago no dijo “te lo advertí”.
Solo tomó mi mano.
“¿Cómo haces esto cada semana?”
Miró hacia la calle.
“No siempre termina así.”
“Lo sé.”
“Algunos jueves Roberto no puede llegar.”
“Lo sé.”
“Y algunos niños esperan a personas que tardan mucho más en arreglar su vida.”
Me quedé mirando nuestras manos.
“¿Entonces por qué vuelves?”
Santiago pensó unos segundos.
Después repitió las palabras que yo había pronunciado 14 años antes.
“Ningún niño debería tener que esperar solo a alguien que quizá no llegue.”
La corona de cartulina está ahora pegada en nuestro refrigerador.
PAPÁ DINOSAURIO.
Todos los jueves vamos juntos.
Solo los jueves.
Esa fue nuestra regla.
Aunque ya rompí otra.
Compré brillantina.
Mucha.
Durante años creí conocer todos los rincones de la vida de mi esposo.
Su café.
Sus horarios.
Sus manías.
Sus silencios.
Incluso sabía exactamente cómo doblaba sus camisas.
Y cuando aquel desconocido apareció en mi puerta con su teléfono, pensé que había descubierto una segunda vida.