“¿Qué respondió?”
Ernesto me miró directamente.
“Dijo que lo hacía por algo que usted le dijo hace muchos años.”
Sentí un escalofrío.
“¿Qué cosa?”
Ernesto señaló la corona.
“Eso tendrá que preguntárselo a él.”
Luego miró el dinosaurio.
“Y debería hacerlo hoy.”
“¿Por qué?”
Porque antes de subir a su camioneta dijo una última frase.
“Ese niño no llama a Santiago señor.”
Hizo una pausa.
“Lo llama papá.”
Parte 3
Pasé las siguientes 5 horas tratando de no volverme loca.
Sabía que Ernesto había dicho Papá Dinosaurio.
Lo sabía.
Pero mi mente insistía en separar las palabras.
Papá.
Un niño de 5 años.
11 meses.
Jueves secretos.
Mentiras sobre el gimnasio.
Había alivio.
También había enojo.
Porque incluso una mentira construida alrededor de algo bueno seguía siendo una mentira.
Puse 3 cosas sobre la mesa de la cocina.
El teléfono recuperado.
El dinosaurio verde.
La corona amarilla.
A las 3:42 escuché la puerta.
Santiago había salido antes del trabajo.
Entró todavía con traje.
“Vale.”
Dejó las llaves.
“Tu mensaje me asustó. Dijiste que necesitábamos hablar.”
Entonces vio la mesa.
Se quedó inmóvil.
La maleta que llevaba cayó al suelo.
Miró el teléfono.
Luego el dinosaurio.
Finalmente la corona.
“Ernesto”, murmuró.
“Ernesto.”
Santiago cerró los ojos.
“Dios.”
Levanté la corona.
“Papá Dinosaurio.”
Se cubrió la cara con ambas manos.
A pesar de todo, casi me reí.
“¿En serio?”
“Fue idea de Emiliano.”
“Ya lo sé.”
Bajó lentamente las manos.
“¿Te contó todo?”
“Lo suficiente.”
El alivio desapareció de su expresión cuando vio mi cara.
“Valeria…”
“Me mentiste durante casi un año.”
“No quería hacerte daño.”
“Entonces explícame cómo mentirme todos los jueves era protegerme.”
Santiago no intentó defenderse.