Un desconocido me devolvió el teléfono que mi esposo había perdido y, antes de irse, le pregunté dónde lo encontró. Señaló un centro de convivencia familiar y añadió: “Hay un niño de 5 años que espera a su esposo todos los jueves”. No lloré ni lo llamé. Apreté el teléfono y guardé silencio. Tras 11 años de matrimonio sin hijos, aquella frase hizo que todo lo que sabía sobre él empezara a tambalearse.

Emiliano lo miró horrorizado.

“Los tiranosaurios no necesitan nombre.”

Santiago había cometido su primer error.

Después cometió el segundo.

Le preguntó si podía jugar con él.

Emiliano aceptó con una condición.

“Pero tú eres el papá dinosaurio porque estás grande.”

Desde entonces, todos los jueves Santiago era Papá Dinosaurio.

Me tapé la boca.

No sabía si quería reír o llorar.

“¿Por qué nunca me dijo nada?”

Ernesto tardó en responder.

Luego sacó algo de su camioneta.

Era un pequeño tiranosaurio verde.

Tenía la cola pegada con cinta transparente y uno de los ojos dibujado con plumón.

“Es de Emiliano.”

Lo tomé.

“¿Por qué lo tiene usted?”

“Porque ayer el papá del niño volvió a faltar.”

Mi pecho se encogió.

“Emiliano salió detrás de Santiago cuando él se iba.”

El niño había corrido hasta el estacionamiento.

Había abrazado las piernas de Santiago.

No quería soltarlo.

Santiago se había agachado para consolarlo.

Probablemente fue ahí cuando su teléfono cayó entre el pasto.

Antes de irse, Emiliano le había entregado su dinosaurio favorito.

“Dijo que Papá Dinosaurio debía llevárselo.”

Miré el juguete.

“¿Por qué?”

Ernesto sonrió con tristeza.

“Porque así tendría que regresar para devolvérselo.”

Sentí que se me llenaban los ojos.

Entonces Ernesto sacó una segunda cosa.

Una corona hecha con cartulina amarilla.

Tenía estrellas mal pegadas y letras azules enormes.

PAPÁ DINOSAURIO.

La sostuve entre mis manos.

“Los niños se la hicieron ayer.”

Me reí entre lágrimas.

“Esto es ridículo.”

“Debería verlo rugiendo por el piso con corbata.”

Pensé que ya me había contado todo.

Pero Ernesto guardó silencio.

Y su rostro cambió.

“Hay algo más.”

Lo miré.

“Hace meses le pregunté a Santiago por qué hacía esto.”

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