Lo miré.
—Pasé cuarenta años creyendo que mis hijos estaban muertos.
Señalé la caja.
—Ahora tengo una posibilidad de descubrir que estaban vivos.
No había nada más que discutir.
Esa noche no dormí.
Extendí todos los documentos sobre la mesa.
Los pasaportes falsos.
El mapa.
La fotografía.
La nota.
El dinero.
Y la pequeña llave.
Entonces noté algo que antes había pasado por alto.
En uno de los pasaportes, el nombre falso de mi hija era Elena Marín.
En el de mi hijo aparecía Daniel Marín.
Pero las fechas de nacimiento eran exactamente las suyas.
Abrí el sobre nuevamente.
En el fondo había una segunda hoja doblada.
La desplegué.
Solo contenía una frase:
“No los busques hasta que cumplas sesenta años.”
Miré el calendario.
Había cumplido sesenta años hacía más de una década.
¿Por qué esperar entonces?
Debajo de aquella frase aparecía otra anotación.
“Si estás leyendo esto después de los sesenta, busca a Elena. Ella sabrá la verdad.”
Elena.
Mi hija.
Sentí que las manos comenzaban a temblarme.
Si esa nota era auténtica…
mi hija podía haber sobrevivido.
Tal vez incluso había vivido todos esos años creyendo que yo estaba muerto.
Entonces escuché un golpe en la puerta principal.
Me levanté lentamente.
Eran casi las once de la noche.