La pregunta que perseguía a todos
Andrés hizo la pregunta que todos se hacían:
—¿Cómo pudo permanecer oculto un lugar así durante treinta y cinco años?
La respuesta estaba en el expediente de 1990. Uno de los tres hombres era hermano del comisario adjunto que había coordinado parte de las búsquedas. Los investigadores descubrieron informes modificados, zonas marcadas como revisadas sin haberlo sido, testimonios ignorados. Un guardabosques había declarado que vio un camión junto a la instalación abandonada dos días después de la desaparición. Su declaración nunca llegó al expediente oficial. Alguien buscó a los niños. Pero alguien más se aseguró de que nunca los encontraran.
La maestra Ana Peralta no estaba entre los sobrevivientes. Había muerto ocho años antes del rescate. Cuando los equipos hallaron el lugar donde la habían enterrado, junto a ella había una caja metálica. Dentro, cuadernos: uno por casi cada año bajo tierra. En la última página que escribió, una sola petición:
«Si alguno de mis niños sale alguna vez de aquí, no le pregunten primero por qué no huimos. Pregunten cómo logramos seguir siendo personas».
La fotografía de la clase
Casi un año después, Sofía volvió por primera vez a su antigua escuela. En un salón habían colocado la fotografía de la clase de 1990: veinticuatro niños y una maestra, todos sonriendo. Andrés estaba a su lado.
—¿Pensaste alguna vez que volverías a ver esta foto?
—Todos los días —dijo ella.
Tocó con el dedo el rostro de la niña de doce años que había sido. Todos decían que habían desaparecido durante treinta y cinco años.