Sentí un nudo enorme.
—Entonces tú pensabas que yo estaba devolviendo algo sin saberlo.
—Algo así.
Raúl miraba la carta.
No decía nada.
Finalmente preguntó:
—¿Y la casa?
Amelia lo miró con incredulidad.
—¿Todavía estás pensando en la casa?
Todos empezamos a reír.
Hasta él.
—Lo siento.
Pero Amelia decidió aclararlo.
—La casa no será de Clara.
Sentí alivio.
No porque hubiera tenido dudas.
Porque quería que mis hermanos escucharan.
—Ya está dispuesto lo que ocurrirá con ella.
Yo levanté una mano.
—No necesito saber.
—Lo sé.
Raúl bajó la cabeza.
—Clara…
—Después.
La celebración continuó, aunque todos estábamos emocionalmente agotados.
Cuando mis hermanos se marcharon, Raúl se quedó.
Se acercó a mí.
—Fui un idiota.
—Sí.
—Pensé que…
—Sé exactamente qué pensaste.
—No era porque creyera que eres mala.
—Creíste que podía aprovecharme de una anciana.
—Lo sé.
—Eso suena bastante parecido.
Se quedó callado.
—Perdón.
Yo no respondí inmediatamente.
Después dije:
—Lo que más me molestó no fue que sospecharas. Fue que nunca me preguntaste por qué la quería.
Eso lo golpeó.
—Tienes razón.
—Solo calculaste cuánto valía su casa.
—Sí.
—Y nunca calculaste cuánto podía valer ella para mí.
Nos abrazamos.
No solucionó todo.
Pero comenzó.
Aquella noche dormí en casa de Amelia porque estaba cansada.
Entré en su habitación antes de acostarme.
—¿Está despierta?
—Ahora sí.
Me senté.
—Quiero saber todo.
Sonrió.
—Sabía que llegaría este momento.
Me contó la historia completa.
Después de mi cirugía, Amelia visitaba a mamá mientras yo me recuperaba.
Llevaba comida.
Ayudaba con mis hermanos.
Su esposo incluso consiguió trabajo temporal para mi padre.
Mis padres finalmente pudieron estabilizarse.
Años después intentaron devolver el dinero.
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