—Conozco a tu hermana desde antes de que tú aprendieras a amarrarte los zapatos.
Raúl respondió algo que nunca le perdoné completamente.
—Precisamente. La conoce demasiado bien.
Amelia lo miró.
—¿Qué estás diciendo?
—Que no quiero que Clara se confunda y termine creyendo que esta casa le corresponde por venir a cuidarla.
Yo exploté.
—¡Fuera!
—Clara…
—Sal de aquí.
—Estoy intentando protegerte.
—Deja de protegerme insultándome.
Se marchó.
Pensé que aquella sería la última discusión.
Me equivocaba.
Dos meses después Amelia cumplió setenta y seis.
Yo organicé una pequeña comida.
Vinieron algunos vecinos.
Mi esposo.
Mi hija.
Incluso invitamos a mis hermanos porque Amelia dijo:
—No quiero que por mi culpa ustedes terminen separados.
Raúl llegó.
Miguel también.
Al principio todo estuvo tranquilo.
Hasta que un vecino, don Ernesto, hizo un comentario inocente:
—Amelia, con Clara aquí ya ni necesitas preocuparte por la casa.
Raúl soltó una pequeña risa.
—Eso seguro.
Lo miré.
—No empieces.
—No he dicho nada.
Miguel preguntó:
—¿Qué pasa?
Raúl respondió:
—Nada. Solo que Clara prácticamente ya vive aquí.
—¿Y?
—Y esta propiedad vale una fortuna.
Mi esposo dejó el tenedor.
—Raúl.
Pero él continuó.
—¿Soy el único que ve lo extraño?
—Sí —respondí.
—Clara, llevas dos años atendiendo a una mujer que no es familia.
Amelia levantó la mirada.
—¿Y eso te molesta?
—No, señora.
—Entonces parece.
—Me preocupa mi hermana.
—No. Te preocupa mi testamento.
Silencio.
Raúl se puso rojo.
—No quiero su dinero.
—Entonces tenemos algo en común.
Yo quería que terminara.
—Amelia, déjalo.
Ella negó.
—No.
Se levantó lentamente.
Caminó hasta un pequeño escritorio.
Abrió un cajón.
Sacó un sobre viejo.
El papel estaba amarillento.
En la parte delantera había un nombre:
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