Cuando el médico dijo que probablemente me quedaban tres días de vida, mi esposo sonrió. No fue una sonrisa nerviosa ni una mueca de incredulidad. Lo miré desde la cama del hospital y vi cómo levantaba ligeramente las comisuras de los labios, como si acabara de escuchar una noticia esperanzadora. Mi hermana dejó de llorar y lo observó con horror. Mi madre apretó los puños. Yo, demasiado débil para levantar la voz, solo pude preguntarme cómo el hombre con quien había compartido dieciocho años podía reaccionar así frente a mi muerte.
El médico bajó la mirada y repitió que mi organismo estaba dejando de responder. Los tratamientos ya no funcionaban y lo más probable era que no sobreviviera más de setenta y dos horas. Mi esposo, Julián, se acercó a la cama, tomó mi mano y respondió con una calma que enfureció a todos: «Entonces todavía tenemos tiempo». Nadie entendió aquellas palabras. Ni siquiera yo sabía que, desde hacía semanas, él estaba preparando algo en secreto.
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Mi nombre es Laura y, en ese momento, tenía cuarenta y tres años. Hasta pocos meses antes llevaba una vida completamente normal. Trabajaba como maestra de primaria, discutía con mis hijos para que ordenaran sus habitaciones y me quejaba de que Julián siempre dejaba la taza del café junto al fregadero en lugar de lavarla. Teníamos dos hijos: Mateo, de dieciséis años, y Clara, de doce. Nuestra casa no era grande, pero estaba llena de fotografías, libros y pequeños recuerdos de los viajes que hacíamos cada verano.
La enfermedad apareció de una manera casi silenciosa. Comencé a sentir un cansancio extraño. Al principio pensé que era estrés. Después perdí peso, dejé de tener apetito y empecé a despertar con fiebre. Las primeras pruebas no mostraron una explicación clara. Semanas más tarde, después de varios estudios, recibimos un diagnóstico que cambió todo.