Fue extraño escuchar esas historias mientras todavía estaba viva. Normalmente esperamos hasta un funeral para decir cuánto significó una persona. Julián no quería que yo me marchara sin escuchar esas palabras.
El segundo día mi estado empeoró. Dormía durante períodos más largos y me costaba respirar. Aun así, despertaba cada vez que sentía la mano de alguno de mis hijos.
Hablé con Mateo en privado. Le dije que no tenía que convertirse en el hombre de la casa ni ocultar el dolor para proteger a los demás. También le pedí que terminara sus estudios y que no abandonara la música, aunque creyera que no era una profesión segura.
Con Clara hablé de cosas más sencillas. Le expliqué cómo preparar las galletas de canela y dónde guardaba las cartas que había escrito para sus próximos cumpleaños. Ella me hizo prometer que intentaría visitarla en sus sueños.
—Haré todo lo posible —respondí.
Después hablé con Julián.
—¿Qué harás cuando yo no esté?
Él tardó en responder.
—Despertarme. Preparar el desayuno. Llevar a los niños a la escuela. Llorar cuando necesite hacerlo. Y seguir viviendo porque tú te enfadarías si convierto el resto de mi vida en una sala de espera.
Sonreí.
—Me conoces demasiado bien.
Durante la tercera noche desperté poco antes del amanecer. La casa estaba en silencio. Julián dormía sentado junto a la cama con una mano sobre la mía. Afuera todavía brillaban algunas de las luces colocadas en el jardín.
Sentía que mi cuerpo se alejaba lentamente, pero no tenía miedo.
Miré las fotografías, las flores y las cartas. Pensé en los médicos diciendo que me quedaban tres días y en Julián respondiendo que todavía teníamos tiempo. Había tenido razón.