Mi madre preparó la sopa que me hacía cuando era niña, aunque apenas pude probar una cucharada. Mi hermana se quedó despierta peinando suavemente el poco cabello que me quedaba.
Por primera vez en semanas, nadie hablaba de tratamientos ni resultados. Solo hablábamos de nosotros.
A la mañana siguiente, Julián volvió a sorprenderme. Colocaron una mesa pequeña junto a la cama y llevaron flores blancas al jardín. Un amigo de la familia, que también era juez civil, llegó vestido de manera formal.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Julián se arrodilló frente a mí.
—Hace dieciocho años prometí amarte en la salud y en la enfermedad —dijo—. Lo hice sin entender realmente lo que esas palabras significaban. Quiero volver a prometerlo ahora que sí lo sé.
Había organizado una renovación de nuestros votos matrimoniales.
No llevé vestido blanco ni pude levantarme de la cama. Clara colocó una pequeña corona de flores sobre mi cabeza y Mateo ayudó a su padre a ponerse la misma corbata que había usado en nuestra boda.
Los vecinos se quedaron en el jardín. Otros familiares participaron mediante videollamadas. Julián tomó mi mano y repitió sus votos con la voz quebrada.
—Te elegiría otra vez, incluso sabiendo que nuestro tiempo sería corto. Te elegiría porque la duración no decide el valor de una vida. Lo decide lo que hacemos mientras estamos juntos.
Cuando llegó mi turno, apenas podía hablar.
—Pensé que tu sonrisa significaba que ya habías aceptado perderme —le dije—. Ahora entiendo que significaba que todavía no habías terminado de amarme.
Él apoyó la frente contra la mía.
—Nunca terminaré.
Aquella tarde recibí visitas de personas a quienes no veía desde hacía años. Una antigua alumna me contó que había decidido estudiar educación porque yo le enseñé a leer cuando otros pensaban que no podría hacerlo. Un vecino me agradeció haber cuidado a su esposa durante una crisis. Mi mejor amiga llevó una caja con todas las cartas que nos habíamos enviado cuando éramos adolescentes.