Cuando los doctores dijeron “3 días”, mi esposo sonrió y dijo: “Entonces todavía tenemos tiempo”

En una ocasión vi en su teléfono un mensaje que decía: “Todo estará listo para el viernes”. Cuando pregunté de qué se trataba, bloqueó la pantalla y respondió que era una sorpresa.

—No quiero sorpresas —le dije—. Quiero la verdad.

Julián se sentó junto a mí y me besó la frente.

—La tendrás cuando llegue el momento.

Aquella respuesta no me tranquilizó.

Mientras mi salud se deterioraba, también comenzaron las conversaciones que ninguna familia quiere tener. Los médicos preguntaron qué medidas deseaba que tomaran si mi corazón se detenía. Una trabajadora social habló con nosotros sobre cuidados paliativos. Mi hermana insistía en que buscáramos otro hospital y mi madre decía que los doctores podían estar equivocados.

Yo estaba cansada.

No solo del dolor físico, sino de ver a todos luchar contra una realidad que yo ya empezaba a aceptar. Había días en los que deseaba regresar a casa, acostarme en mi propia cama y escuchar a mis hijos discutir por el control remoto. Pero también tenía miedo de morir delante de ellos.

Julián nunca me dijo que todo saldría bien. Tampoco hizo promesas falsas. Se limitaba a sostener mi mano y decir:

—No importa cuánto dure. No vas a estar sola.

La mañana en que los médicos hablaron de los tres días, mi habitación estaba llena. Mi madre, mi hermana, los niños y Julián habían sido llamados porque mi presión comenzaba a bajar y algunos órganos mostraban señales preocupantes.

El médico habló con delicadeza. Explicó que podían mantenerme cómoda, controlar el dolor y permitir que la familia permaneciera conmigo. Después pronunció aquellas palabras:

—Creemos que pueden quedarle unos tres días. Tal vez menos.

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