No heredé simplemente la fortuna de un hombre rico.
Heredé una promesa que había comenzado casi treinta años antes entre Harrison y mi hermana.
Y decidí dedicar los años que me quedaran a cumplirla.
Porque al final Harrison tenía razón:
la verdadera herencia nunca fue el dinero.
Era conseguir que alguien que se sentía olvidado volviera a sentir que todavía importaba.
Un año después, comprendí que cumplir la promesa de Harrison no significaba únicamente administrar una fundación. Significaba asegurarme de que aquella historia pudiera continuar sin depender de mí.
Yo tenía 79 años.
Había días en los que despertaba llena de energía yotros en los que mis rodillas me recordaban, antes incluso de levantarme, que el tiempo seguía avanzando. Por eso convoqué al consejo de la Fundación Elena.
—Tenemos que preparar el futuro —les dije—. No quiero que dentro de diez años alguien vuelva a convertir esto en una pelea por dinero.