Daniel continuó:
—Me preguntó si quería jugar una partida de ajedrez.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y qué hiciste?
—Le dije que no tenía tiempo.
Su voz se quebró.
—Tenía una reunión.
Durante unos segundos volvió a ser simplemente un hijo que acababa de comprender que ya nunca podría aceptar aquella invitación.
—Daniel —dije—, lo que hiciste con el informe médico fue terrible. QueHarrison te perdonara no elimina las consecuencias.
Asintió.
—Lo sé.
—Y yo tampoco puedo arreglar vuestra relación con vuestro padre.
—Lo sé.
Miró el tablero.
—Pero quizá todavía puedas hacer algo por él.
—¿Qué?
Empujé hacia él la silla que Harrison solía ocupar.
—Termina la partida.
Daniel me miró sorprendido.
—No sé jugar muy bien.
Sonreí.
—Tu padre tampoco era tan bueno como decía.
Patricia soltó una pequeña risa entre lágrimas.
Daniel terminó sentándose.