Me senté frente a la caja de seguridad sin atreverme a abrir la carta.
Habían pasado casi treinta años desde la muerte de Elena, pero reconocería aquella letra en cualquier parte. La forma ligeramente inclinada de las palabras, la manera de alargar la última letra de mi nombre… era como si mi hermana hubiera estado allí unos días antes.
Finalmente rompí el sello.
“Querida Isabel:
Si estás leyendo esto, probablemente yo ya no pueda explicártelo personalmente.
Antes que nada, perdóname.
Hay una parte de mi vida que nunca te conté porque me avergonzaba que supieras hasta qué punto llegué a perderlo todo.
Cuando conocí a Harrison después de aquel accidente, pensé que nunca volvería a verlo. Para mí solo había sido un desconocido que necesitaba ayuda.
Peroél no lo olvidó.
Años después, cuando mi negocio quebró, Harrison apareció de nuevo.
Quiso ayudarme y yo me negué.
Discutimos durante semanas.
Finalmente acepté una sola condición: si algún día él quería devolverme aquel favor, no debía hacerlo por mí.
Debía hacerlo por personas como nosotras.
Personas mayores que algún día podrían encontrarse solas, sin dinero y sin nadie que las defendiera.”
Tuve que detenerme.
Miré a Álvaro.
—Entonces la fundación…
—Siga leyendo —respondió suavemente.
Volví a la carta.
“Le hablé de ti, Isabel.
Le conté que siempre habías sido la fuerte de las dos.
Le conté cómo cuidaste de nuestros padres mientras yo intentaba salvar mi negocio. Le dije que, si algún día yo faltaba y él necesitaba encontrar a alguien en quien pudiera confiar, debía buscarte.
Pero le hice prometer algo.
Que jamás utilizaría su dinero para comprarte.
Si alguna vez llegabais a conoceros, quería que túvieras al hombre antes que a la fortuna.”