“Por el amor de Dios, no hable, no haga ni un solo ruido”, le rogó. En todos los años que llevaba trabajando para la familia, María jamás lo había tocado ni le había hablado con esa urgencia. “Señor, venga conmigo ahora mismo antes de que sea demasiado tarde. Tiene que ver esto con sus propios ojos. Si se lo cuento, no me lo va a creer”. Una sensación helada le recorrió la espalda a Alejandro, haciéndole saber que algo inimaginable estaba a punto de estallar.