parte 2 / EL MAGNATE LLEGÓ CON ROSAS PARA SU ESPOSA, PERO LA EMPLEADA LE TAPÓ LA BOCA: “¡SILENCIO, TIENE QUE VER ESTO YA!”

 

Cuando el taxi se detuvo a 1 cuadra del enorme portón de hierro de su casa, notó algo completamente inesperado. Todas las luces de la mansión estaban encendidas. Había una fila de autos de lujo estacionados en la entrada, valet parking corriendo, y una música elegante flotaba en el aire frío de la noche. Se escuchaban risas, el tintineo de copas de cristal. Era un reventón, una fiesta de la que nadie le había avisado.

 

“Déjeme aquí, joven, quédese con el cambio”, le dijo al chofer. Tomó su maleta, apretó el ramo de rosas y caminó hacia la puerta de servicio por el callejón trasero. Quería entrar sin ser anunciado, quería ver con sus propios ojos qué estaba pasando en su propia casa a sus espaldas. El aire olía a los jazmines del jardín y a algo más, algo denso, como un secreto a punto de pudrirse.

 

Abrió la puerta de servicio con su llave y caminó por el pasillo oscuro que conectaba la cocina con el salón principal. Se sentía como un extraño, un intruso en su propio hogar. Y entonces apareció ella. María, la muchacha que llevaba años limpiando cada rincón de esa enorme casa. Venía cargando una charola de plata con copas vacías, y al verlo parado en las sombras, se quedó congelada como si viera a un fantasma.

 

La charola tembló en sus manos. Una copa resbaló y se hizo pedazos contra el piso de mármol. Alejandro abrió la boca para calmarla y decirle que no pasaba nada, pero María reaccionó con una rapidez aterradora. Dejó la charola en una mesa, dio 3 pasos rápidos hacia él y le tapó la boca con su mano temblorosa. “¡Silencio, señor!”, susurró, con los ojos llenos de un pánico absoluto que él jamás había visto.

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