Estaba frente a mi hija con las manos lastimadas y mi esposa temblando cada vez que Teresa se acercaba.
—Voy a sacar a Valeria y a Sofía de aquí —respondí—. Lo demás lo hablaremos después.
Teresa intentó seguir discutiendo.
Yo ya no participé.
En el trayecto, Sofía permaneció recargada contra mí.
Valeria iba muy callada.
Yo quería hacerle cien preguntas.
Cuándo había empezado.
Qué más había ocurrido.
Por qué no me había llamado desde otro teléfono.
Por qué no se había ido.
Por qué no me lo había dicho claramente.
Pero cada una de esas preguntas tenía una parte que me daba vergüenza reconocer.
Todas podían sonar como si yo estuviera buscando algo que ella hubiera hecho mal.
Así que pregunté otra cosa.
—¿Qué necesitas de mí ahorita?
Valeria miró por la ventana.
—Que no la defiendas.
Solo eso.
Cuatro palabras.
Me dolieron porque entendí exactamente de dónde venían.
—No lo voy a hacer.
Ella no me dio las gracias.
Tampoco tenía por qué hacerlo.
Durante la valoración, a Sofía le atendieron las manos y nos explicaron los cuidados que necesitaba.
A Valeria también le revisaron las lesiones visibles.
Yo me senté cerca, pero no intenté responder por ninguna de las dos.
Cuando le hicieron preguntas a mi esposa, esperé.
Cuando le preguntaron a mi hija, esperé.
Era extraño descubrir que parte de protegerlas consistía en dejar de ocupar el espacio de sus respuestas.
Más tarde, cuando Sofía se quedó dormida, Valeria y yo pudimos hablar.
No fue una conversación ordenada.
No hubo una gran confesión seguida de una explicación perfecta.
Hubo frases cortas.
Recuerdos incompletos.
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