—Carmen, ¿estás comiendo bien?
Ella sonrió.
—Claro que sí, hijo.
Pero sabía que no era cierto.
Así que, después de terminar de limpiar, empecé a quedarme un poco más.
A veces iba al mercado y compraba algo con el poco dinero que tenía.
Otras veces cocinaba lo que encontraba en su cocina.
Una sopa.
Un guiso.
Arroz con carne.
Cosas sencillas.
Pero Carmen parecía disfrutar cada plato como si fuera una comida de restaurante.
—Hace mucho que nadie cocina para mí —me dijo una tarde.
No respondí.
Simplemente le serví otro poco.
Con el tiempo, nuestra relación cambió.
Ya no iba solamente a limpiar.
Me sentaba con ella.
Escuchaba sus historias.
Mirábamos fotografías antiguas.
Ella me hablaba de su juventud, de su marido y de sus hijos.
Yo le contaba mis problemas con la universidad.
Una tarde me preguntó:
—¿Por qué trabajas tanto?
Me encogí de hombros.
—Porque necesito seguir estudiando.
—¿Y tus padres?
Bajé la mirada.
—Mi padre murió cuando yo era pequeño. Mi madre trabaja, pero no puede pagar todos mis gastos.
Carmen permaneció en silencio durante unos segundos.
Después me dijo:
—Entonces no abandones tus estudios.
—No pienso hacerlo.
—Prométemelo.
Sonreí.
—Se lo prometo.
Ella me tomó la mano.
—Bien.
No entendí por qué aquella promesa parecía significar tanto para ella.