“Por eso necesitaba saber si todavía existía alguien capaz de quedarse sin esperar nada a cambio.”
Me limpié los ojos.
Ahora entendía por qué siempre me preguntaba si estaba seguro de seguir ayudándola.
Pero entonces apareció algo que no esperaba.
“Y cuando finalmente estuve segura de quién eras, tomé una decisión.”
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Miré al abogado.
Él permanecía en silencio.
Continué leyendo.
“Diego, la casa donde viví durante los últimos treinta años es ahora tuya.”
Dejé caer la carta sobre mis piernas.
—¿Qué?
El abogado asintió.
—Es correcto.
—Pero… yo no puedo aceptar una casa.
—No depende de mí.
—¿Y sus hijos?
El abogado respiró profundamente.
—Precisamente por eso necesitaba hablar contigo.
Los hijos de Carmen llegaron dos días después.
Un hombre llamado Alejandro y una mujer llamada Marta.
No parecían estar de acuerdo con nada de lo que había ocurrido.
—Esa casa pertenece a nuestra familia —dijo Alejandro.
El abogado abrió una carpeta.
—Legalmente, no.
—¿Cómo que no?
—Carmen dejó un testamento firmado y registrado.
Marta me miró.
—¿Qué hiciste para conseguir esto?
Sentí que la pregunta me golpeaba.
—Nada.
—Entonces, ¿por qué te lo dejó?
No supe qué responder.
El abogado intervino.
—Porque fue la única persona que estuvo con ella cuando ustedes no estaban.
La habitación quedó en silencio.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Nuestra madre estaba enferma. No sabíamos que estaba tan mal.
—Ella intentó comunicarse con ustedes varias veces —respondió el abogado.
Nadie contestó.
Entonces el abogado sacó otro documento.
—Hay algo más.
Lo colocó sobre la mesa.
—Carmen también dejó dinero destinado específicamente a Diego.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—No puedo aceptarlo.
El abogado me miró.