Y yo.
Sus hijos no llegaron hasta después.
Vivían en otra ciudad y, según me explicaron, tenían problemas para viajar.
Cuando terminó el funeral, pensé que nunca volvería a entrar en aquella casa.
Pero entonces apareció un abogado.
Se presentó como el señor Ramírez.
—¿Diego?
—Sí.
Sacó un sobre de una carpeta.
—Carmen dejó esto para ti.
Miré mi nombre escrito en el sobre.
Me quedé confundido.
—¿Para mí?
—Sí.
—¿Cuándo lo escribió?
El abogado bajó la mirada.
—Hace aproximadamente tres meses.
Sentí un escalofrío.
Abrí el sobre.
Dentro había una sola hoja.
La letra de Carmen era temblorosa, pero podía leerla perfectamente.
La primera línea decía:
“Diego, si estás leyendo esto, significa que ya no pude cumplir una promesa que te hice.”
Sentí que se me cerraba la garganta.
Continué.
“Te prometí que algún día te explicaría por qué nunca te pagué.”
Me quedé mirando aquella frase.
Durante meses había pensado que Carmen simplemente no tenía dinero.
Pero la siguiente línea cambió completamente mi forma de verla.
“La verdad es que podía pagarte desde el primer día.”
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
El abogado no respondió.
Solo señaló la carta.
Seguí leyendo.
“Nunca quise que siguieras viniendo por dinero.”
“Quería saber si regresarías cuando dejaras de recibirlo.”
Me quedé paralizado.
Carmen había estado poniéndome a prueba.
Pero ¿por qué?
La carta continuaba.
“Durante toda mi vida ayudé a personas que decían quererme, pero muchas desaparecieron cuando dejé de serles útil.”
“Mis hijos dejaron de llamarme con frecuencia. Algunos solo aparecían cuando necesitaban algo.”
“Después de que murió mi esposo, comprendí que la soledad puede ser más cruel que cualquier enfermedad.”