—Usted sí.
Él se encogió de hombros.
—Yo también tengo una hija. No querría que alguien la dejara abandonada en una carretera.
Elena miró a Lucía, que estaba reparando la oreja del oso con un trozo de cinta adhesiva.
—¿Su madre está trabajando?
El rostro de Mateo cambió.
No fue un gesto brusco. Solo una pequeña tensión en la mandíbula.
—Murió hace tres años.
Elena dejó la cuchara en el plato.
—Lo siento.
—Se llamaba Ana. Estuvo enferma durante un tiempo.
En la repisa de la estufa había una fotografía. Mateo sostenía a una Lucía recién nacida, mientras una mujer joven sonreía a su lado.
Elena había visto la imagen, pero no se había atrevido a preguntar.
—¿Desde entonces están solos?
—Nos tenemos el uno al otro.
Lucía levantó la cabeza.
—Y tenemos a don Julián, que vive al final del camino. A veces nos trae huevos.
—Es verdad —dijo Mateo—. Tenemos una gran red de apoyo formada por un vecino de setenta y ocho años y seis gallinas.
Lucía sonrió.
Elena también.
Durante unos minutos, la casa quedó en silencio. La estufa crujía y el viento golpeaba las ventanas.
Elena sostuvo el plato caliente, pero ya no parecía concentrada en la comida.
—Usted no me preguntó a qué me dedico realmente —dijo.
—Dijo que trabaja con vehículos.
—Tampoco preguntó mi apellido.
—No hacía falta para ayudarla.
—¿Y si fuera una mala persona?
Mateo la miró con calma.
—Esta noche era una persona que se estaba congelando. Mañana ya veremos lo demás.
Aquella respuesta dejó a Elena sin palabras.
Estaba acostumbrada a que la gente investigara su apellido antes de estrecharle la mano. Había personas que cambiaban de tono al saber quién era, que sonreían más, que se ofrecían a ayudar antes incluso de conocer el problema.