—Yo iba hacia un alojamiento en la sierra —dijo ella con voz débil—. El navegador me mandó por esa carretera. Luego el motor se apagó y mi teléfono dejó de funcionar.
—No hable demasiado.
—Intenté salir, pero no sentía las manos.
Mateo tomó una manta más y se la colocó sobre los hombros.
—Ahora está a salvo.
Lucía se acercó arrastrando su propia manta. Era azul y estaba cubierta de estrellas amarillas.
—Puede usar esta también.
—Cariño, tú la necesitas —dijo Mateo.
—Yo tengo pijama grueso.
La mujer miró a la niña. Sus ojos se llenaron de una emoción que trató de ocultar.
—¿Es tu favorita?
Lucía asintió.
—Por eso calienta más.
La desconocida sonrió por primera vez
—Entonces prometo cuidarla.
Lucía colocó la manta sobre ella con mucha seriedad. Después dejó a su lado un oso de peluche que tenía una oreja descosida.
—Él puede quedarse hasta que deje de tener miedo.
—No tengo miedo —respondió la mujer automáticamente.
Lucía la miró durante unos segundos.
—Mi papá también dice eso cuando sí tiene.
Mateo agachó la cabeza para ocultar una sonrisa.
La mujer acarició la oreja rota del oso.
—De acuerdo. Quizá un poco.
Mateo volvió a intentar llamar a emergencias desde el teléfono fijo. La línea funcionaba a ratos, pero consiguió explicar la situación.
Le dijeron que varias carreteras estaban bloqueadas. Mientras la mujer recuperara el conocimiento, pudiera hablar y siguiera entrando en calor, lo más seguro era no intentar trasladarla hasta que pasara la peor parte de la tormenta.
Mateo se quedó junto al sofá.
No era médico, pero sabía observar.
El color regresaba lentamente a las mejillas de la mujer. Su respiración era más regular, y sus manos ya no estaban completamente rígidas.