Un mecánico rescató a una desconocida en plena tormenta, pero jamás imaginó quién era realmente

La mujer no respondió.

—Mi papá arregla coches —continuó la niña—. También arregla tostadoras, puertas y una vez arregló mi muñeca, aunque le dejó un brazo más corto.

Mateo soltó una breve risa nerviosa.

—Gracias por contar todos mis fracasos.

—No fue un fracaso. La muñeca puede saludar mejor.

La mujer abrió los ojos durante un segundo.

Fue apenas un movimiento, pero Mateo lo vio.

—Eso es. Siga despierta.

Ella trató de hablar.

—Mi… teléfono…

—Luego lo buscamos. Primero vamos a ponerla a salvo.

La pequeña casa de Mateo apareció entre los árboles. Tenía una sola planta, un tejado envejecido y una luz amarilla sobre la puerta.

No era mucho.

Sin embargo, aquella noche podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Mateo aparcó junto al porche y volvió a cargar a la mujer. Lucía corrió delante de él para abrir la puerta.

Dentro, la estufa estaba casi apagada.

Mateo dejó a la desconocida sobre el sofá y añadió varios trozos de leña. Después le quitó las botas mojadas, le puso unos calcetines gruesos y envolvió sus piernas con una colcha que había cosido su abuela muchos años atrás.

—Lucía, trae el termo rojo.

La niña regresó con él entre las manos.

Mateo sirvió una infusión caliente con miel. No obligó a la mujer a beber. Esperó hasta que volvió a abrir los ojos y le acercó la taza poco a poco.

—Solo un sorbo.

Ella tragó con dificultad.

—¿Dónde estoy?

—En Valdearroyo. La encontré dentro de su vehículo

La mujer observó el techo bajo, las paredes reparadas y la estufa encendida. Después miró a Mateo.

Parecía asustada.

—¿Quién es usted?

—Mateo Ruiz. Trabajo en un taller del pueblo.

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