Alejandro sintió un golpe de rabia.
Él había considerado renovar algunas áreas del inmueble, sí.
Pero nunca había autorizado desalojar familias.
Mucho menos de aquella manera.
—Eso es mentira.
—Yo también pensé que podía serlo.
Mariana caminó hasta un cajón y sacó una carpeta de plástico.
Dentro había recibos, copias y hojas impresas.
—Entonces empezaron las cosas raras.
Puso el primer papel sobre la mesa.
Era un recibo de renta.
—Durante cinco años pagué puntualmente. Siempre.
Sacó otro.
—Después me dijeron que ya no podía depositar en la cuenta habitual.
Otro papel.
—Me dieron una CLABE distinta.
Alejandro tomó el comprobante.
Reconocía el nombre comercial.
Pero la cuenta bancaria no era una de las cuentas que recordaba de la empresa.
—¿Cuánto depositó aquí?
—Dos meses completos.
Alejandro levantó la mirada de golpe.
—¿Dos?
—Sí.
—Pero en nuestro sistema usted aparece con tres meses vencidos.
Mariana negó con la cabeza.
—Eso es imposible.
Fue por su teléfono.
Buscó entre fotografías y se lo entregó.
Ahí estaban.
Dos transferencias.
$6,200 pesos cada una.
Ambas realizadas a la cuenta indicada por la administración.
Alejandro sintió frío.
La deuda no era de tres meses.
Al menos dos pagos habían desaparecido.
—¿Tiene el mensaje donde le dieron esta cuenta?
—Tengo todos.
Abrió WhatsApp.
La conversación estaba guardada bajo el nombre “Administración edificio”.
Alejandro comenzó a leer.
“Por instrucciones de Grupo Cárdenas, los pagos deberán realizarse en la nueva cuenta.”
Luego:
“Favor de no acudir directamente a oficinas centrales.”
Y después:
“Cualquier comunicación deberá hacerse exclusivamente con el licenciado Roberto Salgado.”
Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Por qué guardó todo?
Mariana acarició distraídamente el cabello de Lucía.
—Porque cuando una persona tiene poco, aprende a guardar hasta el último recibo.
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