La negativa de David a pedir ayuda.
Las amenazas.
Cuando terminé, la detective cerró su libreta.
—¿Había testigos?
—Más de veinte personas.
—¿Cámaras?
Pensé.
—David tiene cámaras interiores.
Ella levantó la mirada.
—¿Dónde?
—Entrada, comedor, pasillo y cocina.
La expresión de la detective cambió.
David había instalado aquellas cámaras porque desconfiaba de los empleados domésticos.
Ahora podían convertirse en la prueba que más temía.
A la mañana siguiente, Martin Cole pidió verme.
No estaba sola.
Mi abogada estaba presente.
Martin parecía veinte años mayor que en Navidad.
—Anna, no vengo en nombre de David.
—Entonces ¿por qué está aquí?
—Por el bufete.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
—David utilizó el nombre de nuestro despacho anoche.
—¿Para qué?
—Después de que te llevaran al hospital, llamó a varias personas.
Mi estómago se tensó.
—¿A quién?
—A un funcionario local. A un médico. Y a dos socios.
—¿Qué quería?
Martin tardó en responder.
—Que describieran lo ocurrido como una crisis doméstica provocada por tu supuesto estado emocional.
Sentí frío.
David había hecho exactamente lo que había amenazado.
—¿Y ustedes?
—Nos negamos.
—¿Todos?
Martin no respondió.
Mi abogada se inclinó hacia delante.
—Señor Cole, ¿qué está omitiendo?
Martin abrió la carpeta.
—Uno de nuestros socios no se negó.
El nombre estaba en la primera página.
CHARLES MILLER.
El padre de David.
Mi suegro.
Nunca me habían dicho que Charles seguía teniendo participación real en el bufete.
Según David, su padre estaba prácticamente retirado.
Era mentira.
Charles había utilizado contactos profesionales para intentar controlar la narrativa antes de que amaneciera.
Pero había algo todavía peor.
Martin sacó correos electrónicos.