Mi hijo publicó nuestra historia y escribió: “Mi padre fue a prisión porque mi madre destruyó nuestra familia”. Quise defenderme, pero cerré el teléfono y me quedé mirando las cartas rechazadas, la sentencia de siete años y la foto de nuestros cuatro hijos. Pensé que esa era toda mi condena… hasta que descubrí que mi ex tenía una nueva familia ligada directamente al hombre con quien lo traicioné.

Y aquello despertó algo en mí que no supe manejar.

Alejandro también comenzó a hacer ejercicio conmigo. Intentaba acercarse más, invitaba a cenar, proponía escapadas de fin de semana. Seguía mirándome como cuando teníamos veinte años.

Pero yo me alejaba.

Entonces llegó Mauricio, el nuevo gerente de la oficina.

Era más joven que yo, seguro de sí mismo y sabía perfectamente qué decir.

Primero fueron bromas.

Después mensajes.

Luego cafés que duraban demasiado.

Yo le enseñé mi anillo más de una vez.

—Estoy casada.

Él sonreía.

—No te estoy pidiendo que dejes de estarlo.

Debí alejarme.

No lo hice.

Dos meses después nos besamos.

Así comenzó una relación que duró casi medio año.

Lo peor no fue solamente engañar a Alejandro.

Lo peor fue en quién me convertí mientras lo hacía.

Empecé a criticar la manera en que comía, cómo dejaba los zapatos, cómo respiraba mientras dormía. Rechazaba sus abrazos y después me arreglaba durante una hora para ver a Mauricio.

Alejandro comenzó a apagarse frente a mí.

Hasta que un día mi hermano Rafael llegó furioso.

—Alejandro me dijo que está pensando en separarse. Dice que ya no siente que lo quieras.

Esas palabras me golpearon.

Aquella misma noche decidí terminar con Mauricio. Incluso renuncié al trabajo.

Quería recuperar mi matrimonio.

Quería demostrarle a Alejandro que todavía podía ser la mujer que él había amado.

Pero unos días después Mauricio apareció en mi casa con una caja que contenía mis cosas de la oficina.

Le pedí que se fuera.

Él insistió.

—Una última vez.

Dije que no.

Después volvió a insistir.

Y cometí el error que terminó de destruirlo todo.

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