Mi hermana se encargó de redecorar el living en dos días: sacamos los muebles viejos, pintamos una pared, colgamos las fotos de nuestra boda y de los primeros años juntos. En la mesa dejé una carpeta con los papeles de una casa con jardín que habíamos visto meses atrás y que, según lo que fingí esa noche, ya estaba prácticamente comprada.
La idea no era mentirle para siempre, sino mostrarle, en un solo golpe de vista, todo lo que había construido con ella y todo lo que estaba dispuesta a tirar por una aventura con Tomás.
El día que su vuelo aterrizaba, encendí las luces, acomodé la carpeta sobre la mesa y me senté a esperar, sin saber muy bien si lo que estaba a punto de hacer era justicia o un error.
La verdad, cara a cara
Escuché la llave girar. Los pasos se detuvieron en la entrada.
—Martín… ¿qué es todo esto? —preguntó, mirando las fotos, la pared nueva, la carpeta abierta sobre la mesa.
—La casa del jardín —dije—. La que vimos en primavera. Firmé la seña esta semana.
Se quedó inmóvil, con la valija todavía en la mano.
—¿Por qué ahora?