Creí que era una respuesta perfecta.
Valeria me observó en silencio.
—¿Y por qué nunca puedes decir algo así delante de tu mamá?
No supe responder.
Semanas después, Elena se desmayó detrás del mostrador de su tienda. La llevamos de urgencia a Puebla y los cardiólogos encontraron una obstrucción coronaria que requería tratamiento y probablemente una intervención.
Valeria prácticamente vivía entre el trabajo y el hospital.
Fue allí donde recibió una llamada inesperada.
El hombre se llamaba Mauricio.
Era el hijo que Elena había tenido en un matrimonio anterior y al que no veía desde hacía más de veinte años.
Tras separarse, el padre se había llevado al niño al norte del país. Después Mauricio se fue a España, perdieron todo contacto y Elena terminó creyendo que jamás volvería a verlo.
Mauricio había regresado a México por asuntos familiares y llevaba meses buscándola.
Elena se quebró al enterarse.
Pero le pidió a Valeria algo extraño:
—Déjame verlo primero. No le digas todavía nada a la familia de Daniel.
Mi suegra conocía perfectamente a mi madre. Sabía que Teresa convertiría aquel matrimonio anterior y aquel hijo perdido en tema de sobremesa para toda la familia.
Mauricio se hospedaba en el hotel San Gabriel, cerca del hospital. Ahí guardaba documentos antiguos y dinero que quería aportar para la cirugía de Elena.
Valeria acordó verlo un jueves.
El problema fue que mi madre vio un mensaje cuando el teléfono de Valeria quedó cargando en la sala.
“Vale, el jueves te espero en San Gabriel. Ya tengo los documentos y el dinero. Tu hermano.”
Teresa tomó una captura.
Esa noche me la enseñó.