Durante el desayuno, mi esposo me arrojó café hirviendo al rostro porque me negué a darle mi tarjeta bancaria a su hermana. Me dijo: “O obedeces o te vas”

—Siempre te dije que era demasiado orgullosa.

Alejandro estacionó frente al edificio y subió al departamento convencido de que encontraría a Valeria llorando, quizás preparando la tarjeta y los bolsos para entregárselos.

Pero al abrir la puerta se encontró con un silencio extraño.

La sala estaba casi vacía.

Faltaban los cuadros

Faltaban las plantas

Faltaba la computadora de Valeria.

Incluso había desaparecido la cafetera.

— ¿Qué hizo esa loca? —murmuró Rebeca.

Alejandro caminó hasta la mesa.

Entonces vio el anillo.

Su sonrisa desapareció

Junto al anillo estaba el informe médico con fotografías de la quemadura y un número de denuncia.

Pero fue la carpeta negra lo que hizo que se quedara inmóvil.

En la portada había una etiqueta blanca.

“Para Alejandro Salazar”.

Rebeca se acercó por detrás.

—Ábrela

Alejandro retiró la liga que mantenía cerrada la carpeta.

Dentro se encontraron copias de movimientos bancarios, contratos, capturas de pantalla y fotografías.

La primera hoja mostraba transferencias realizadas desde una cuenta empresarial perteneciente a Valeria.

Doscientos mil pesos enviados a una cuenta a nombre de Rebeca Salazar.

Después, ciento veinte mil.

Luego ochenta y cinco mil.

Alejandro tragó saliva

—¿Qué es esto?

Rebeca palideció

—No sé

Alejandro pasó a la siguiente página.

Había mensajes impresos

No hubo conversaciones entre Rebeca y Valeria.

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