No necesitó caminar para demostrar cuánto valía.
Y tampoco necesitó aquel ramo para demostrar que algún día podría ser amada.
Porque el amor nunca había dependido de sus piernas.
Dependía de quién era ella.
Valiente.
Inteligente.
Divertida.
Y mucho más fuerte de lo que Donna jamás había entendido.
Desde aquel día también dejé de repetir una frase que nuestra familia había usado durante años:
“Así es Donna.”
Porque entendí que querer a alguien no significa justificar todo lo que hace.
Y proteger a la familia tampoco significa protegerla de las consecuencias de sus propias decisiones.
A veces amar a alguien significa decirle:
“Hasta aquí.”
Y había otra cosa que tenía todavía más clara.
Podía perdonar muchas cosas.
Podía tener paciencia.
Podía escuchar.
Incluso podía dar segundas oportunidades.