El aire se volvió frío.
—¿Querían decir que estoy incapacitada?
—Querían insinuarlo. No es lo mismo, pero puede ser el primer paso de una estrategia de control.
Miró de nuevo las transferencias.
—¿Reconoce esta empresa?
—No.
Teresa escribió el nombre en su computadora. Pasaron unos minutos en silencio.
Después giró la pantalla hacia mí.
MZ Soluciones Integrales, S. de R.L. de C.V.
El administrador único era un hombre llamado Mario Zárate.
No lo conocía.
Pero debajo, en el domicilio fiscal, aparecía una dirección que sí conocía.
Era el apartamento donde Verónica había vivido antes de casarse con Mauricio.
Sentí que las manos se me enfriaban.
—¿Es una empresa de ella?
—Todavía no lo sabemos con certeza —dijo Teresa—. Pero sí sabemos que tres transferencias salieron de su cuenta hacia una sociedad relacionada con su familia política y que usted no recuerda haber autorizado.
Teresa no levantó la voz. No necesitaba hacerlo.
—Vamos a solicitar al banco el detalle completo de las operaciones. También presentaremos un aviso por posible uso indebido de sus accesos y pediremos medidas para proteger el inmueble.
—¿Y ellos?
—No los enfrente sola. Cuando regresen, no discuta sobre dinero ni sobre la casa. Si intentan entrar a sus cuentas, vender documentos o presionarla para firmar, llámeme.
La palabra “presionarla” me hizo recordar la mano de Mauricio contra mi cara.
No dije nada.
Teresa me miró con atención.
—¿La agredió?
Durante años había ocultado cada cosa que dolía porque me parecía vergonzoso admitir que mi propio hijo podía tratarme mal.
Pero esa mañana ya había entregado mi carpeta.
Ya había dejado de fingir que aquello era una pelea familiar.
—Sí.
Teresa anotó algo.