Pero no permití que esa tristeza se volviera una excusa para perdonarlo antes de tiempo.
Durante meses, Mauricio solo pudo comunicarse conmigo mediante abogados.
La primera vez que pidió hablar, Teresa me preguntó si quería responder.
—No todavía.
La segunda vez, accedí a una videollamada breve.
Él se veía distinto. Más delgado. Menos seguro.
—Mamá, lo siento —dijo.
Esperé.
—No hay un día en que no piense en lo que hice.
—Eso no es una disculpa completa.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tienes razón. Te pegué. Te mentí. Dejé que Verónica y yo usáramos tu dinero. Te hice sentir como si no tuvieras derecho a estar en tu propia casa. No hay explicación que lo justifique.
Mi garganta ardió.
—No.
—Quiero arreglarlo.
—Entonces devuelve lo que tomaste. Hazte responsable. Aprende a cuidar de tus hijos sin usar a tu madre como cuenta bancaria. Y no me pidas que olvide para que tú te sientas mejor.
Asintió.
—Lo haré.
No le dije que lo perdonaba.
Porque aún no podía.
Pero tampoco cerré la puerta para siempre.
Sofía y Mateo volvieron a visitarme cuando el acuerdo legal lo permitió. Nunca hablé mal de sus padres frente a ellos. No quería que cargaran con pecados que no les pertenecían.
Hice galletas con Sofía en la cocina.
Construí pistas de coches con Mateo en el salón.
Y recuperé el comedor.
Quité la oficina de Verónica. Pinté las paredes de un color cálido. Volví a sentarme ahí para desayunar aunque estuviera sola.
Un año después, la casa seguía siendo mía.
Puse una cerradura nueva en la puerta principal, cambié mis contraseñas y aprendí a revisar personalmente mis estados de cuenta.