Parte 2: La casa que ya no podían quitarme

Escuché a Verónica decir algo al fondo. No entendí las palabras, pero reconocí el tono: impaciencia.

Mauricio bajó la voz.

—Mamá, no hagas una tontería. Regresamos mañana y hablamos.

—No vas a hablarme en mi casa sin mi abogada presente.

Hubo silencio.

—¿Abogada?

—Sí.

—¿Vas a demandar a tu propio hijo?

Me dolió que esa fuera su primera preocupación.

No si estaba bien.

No si necesitaba algo.

No si su bofetada me había lastimado.

Solo el dinero.

—No —respondí—. Voy a protegerme de las decisiones que mi propio hijo tomó contra mí.

Colgué.

Teresa envió una carta formal a Mauricio y Verónica ese mismo día. Les informaba que su permiso para habitar la casa quedaba revocado y les concedía un plazo legal para retirar sus pertenencias. También exigía que devolvieran tarjetas, dispositivos bancarios, documentos y cualquier copia de llaves.

No era una expulsión improvisada.

Era un proceso claro.

Documentado.

Legal.

Mi hijo no podía decir que yo los había dejado en la calle sin aviso.

Pero tampoco podía seguir viviendo en mi casa como si fuera dueño de ella.

El banco nos entregó los movimientos completos dos días después.

Las transferencias a MZ Soluciones Integrales sumaban seiscientos cuarenta mil pesos.

No eran “regularizaciones”.

Eran pagos para cubrir un préstamo que Mauricio y Verónica habían adquirido meses antes. Un préstamo que, según los documentos, habían usado como enganche para reservar un departamento nuevo.

Un departamento que planeaban comprar después de vender mi casa.

Teresa puso el estado de cuenta frente a mí.

—Aquí está la razón de la valuación. Querían usar su propiedad como garantía o presionarla para venderla.

Miré las cifras sin poder hablar.

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