Yo me quedé parada.
Patricia me hacía señales para que no hiciera nada.
Marta regresó a su mesa.
Se sentó.
Comenzó a revisar la comida.
Entonces sucedió.
Tomó el pequeño pedazo de pan.
Yo siempre hacía algo extraño con el pan.
Desde niña.
Le quitaba una pequeña esquina.
Mi madre decía que era una manía.
Marta observó el pedazo.
Después me miró.
Frunció el ceño.
Volvió a mirar el pan.
—¿Cómo te llamas?
El tono había cambiado.
No había burla.
—Ya te dije. Claudia.
—¿Apellido?
Dudé.
—Herrera.
Sus manos se quedaron completamente quietas.
—¿Claudia Herrera?
—Sí.
—¿Hija de Rosa Herrera?
Sentí que algo me golpeaba el pecho.
—¿Cómo sabes el nombre de mi madre?
La bandeja cayó.
El sonido retumbó en todo el comedor.
Nadie habló.
Marta se levantó.
La mujer más temida de aquel lugar parecía haber visto un fantasma.
—Tu madre… ¿sigue viva?
—Sí.
Marta cerró los ojos.
Cuando los abrió estaban húmedos.
—Dios mío.
Una custodia se acercó.
—¿Qué está pasando aquí?
Marta recogió lentamente la bandeja.
—Nada.
Me devolvió la comida.
Después hizo algo todavía más extraño.
—Siéntate.
—¿Dónde?
Señaló la silla frente a ella.
Todas las internas miraban.
Patricia negó con la cabeza.
Yo tampoco entendía.
—¿Por qué conoces a mi madre?
Marta no respondió.
—Siéntate.
Esta vez no sonó como una amenaza.
Me senté.
Ella apartó a las dos mujeres que la acompañaban.
—Déjennos.