La reclusa más temida de la prisión decidió humillar a la recién llegada, quitándole la comida delante de todas las internas

Firmé documentos que no debía firmar.

Mi jefe llevaba años moviendo dinero de una empresa mediante operaciones fraudulentas.

Yo descubrí irregularidades.

Me pidió que ajustara determinados informes.

Al principio me negué.

Después amenazó con despedirme.

Tenía deudas.

Mi hija acababa de comenzar la universidad.

Y cometí el peor error profesional de mi vida.

Miré hacia otro lado.

Después firmé.

Cuando todo salió a la luz, él afirmó que yo había participado activamente.

Algunos documentos tenían mi firma.

Otros correos demostraban que sabía que existían inconsistencias.

Acepté un acuerdo.

Cuatro años.

Todavía recuerdo el momento en que escuché la sentencia.

Pensé en mi hija.

En mi madre.

En mi casa vacía.

En todo menos en lo que iba a ocurrir dentro.

Los primeros días fueron un golpe.

Las puertas.

Los horarios.

Las reglas.

La falta de privacidad.

Los sonidos durante la noche.

Pero, sobre todo, la sensación de que el mundo que conocías continuaba funcionando mientras tú habías desaparecido de él.

Mi compañera de celda se llamaba Patricia.

Tenía cincuenta y dos años.

Llevaba casi seis dentro.

Fue la primera persona que me habló de Marta.

—No la mires demasiado.

—¿A quién?

—A La Loba.

—¿Por qué la llaman así?

Patricia me miró.

—Porque nadie quiere saber qué ocurre cuando se enfada.

Yo pensé que exageraba.

Después comencé a escuchar historias.

Marta llevaba diecisiete años encarcelada.

Había sido condenada por participar en un robo que terminó con una persona muerta.

Nunca había admitido haber disparado.

Pero tampoco había ayudado demasiado a aclarar lo ocurrido.

Dentro de la prisión había acumulado poder.

No era oficialmente líder de nada.

No necesitaba serlo.

Las demás sabían.

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