La reclusa más temida de la prisión decidió humillar a la recién llegada, quitándole la comida delante de todas las internas

Marta me contó después.

—Tu mamá está más bajita.

—Tiene setenta y dos años.

—En mi cabeza seguía teniendo cuarenta.

—Eso pasa.

—Me abrazó.

La miré.

—¿Qué esperabas?

—Que me preguntara por qué arruiné mi vida.

—¿Lo hizo?

—No.

—¿Qué dijo?

Marta comenzó a llorar.

—Dijo que estaba feliz de que yo siguiera viva.

Aquello me hizo comprender por qué mi madre había impactado tanto en ella.

Rosa tenía una capacidad extraña para separar a una persona de su peor momento.

No significaba ignorar lo que había hecho.

Mi madre nunca dijo que Marta fuera inocente.

Solo se negaba a creer que una condena resumía completamente un ser humano.

Con el tiempo Marta empezó a cambiar también la forma en que se relacionaba con otras internas.

Perdió parte del poder que había construido mediante miedo.

Pero ganó algo diferente.

Respeto.

Un día una chica joven llegó llorando al comedor.

Tenía diecinueve años.

Primera condena.

Parecía aterrorizada.

Marta se levantó.

Yo pensé por un instante en mi primer día.

Ella caminó hacia la joven.

Tomó su bandeja.

Todo el comedor quedó atento.

Después la llevó a nuestra mesa.

—Siéntate.

La chica obedeció.

Marta volvió con otra silla.

—Come antes de que se enfríe.

La miré.

—Has progresado.

—Cállate, Herrera.

Sonreí.

Dos años después recibí la noticia de que podía obtener una salida anticipada por diferentes factores relacionados con mi caso y mi conducta.

Cuando se lo conté a Marta, fingió indiferencia.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—¿Quieres una fiesta?

—Por lo menos podrías fingir que vas a extrañarme.

—No exageres.

Me abrazó al día siguiente.

Fue el primer abrazo que me dio.

—No regreses.

—Ese es el plan.

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