Algunas pensaban que yo tenía una relación secreta con ella.
Patricia me preguntó:
—¿Qué demonios le dijiste?
—Conoce a mi mamá.
—Claro.
—De verdad.
Le conté parte.
Patricia se quedó mirándome.
—Tu madre conoce a La Loba.
—De antes de que fuera La Loba.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—Nunca la he visto devolver una bandeja.
Dos días después Marta me llamó desde el patio.
—Herrera.
Me acerqué.
—¿Qué?
—Quiero que llames a tu madre.
—¿Para qué?
—Quiero saber cómo está.
—Puedes preguntarme.
—Quiero escucharla.
La petición me incomodó.
—No sé si ella quiere hablar contigo.
—Pregúntale.
Durante mi siguiente llamada le conté a mamá.
Hubo un silencio larguísimo.
—¿Marta?
—Sí.
—¿Marta Salcedo?
—La misma.
—Dios mío.
—¿Sabías que estaba aquí?
—Sabía que la habían condenado hacía muchos años. No sabía dónde.
—Quiere hablar contigo.
Mi madre comenzó a llorar.
—¿Está bien?
La pregunta me sorprendió.
No:
“¿Qué hizo?”
No:
“¿Por qué está ahí?”
Solo:
“¿Está bien?”
—Creo que sí.
Mamá aceptó.
No podía entregarle directamente mi llamada, pero días después se organizó una comunicación permitida.
Yo estaba presente.
Cuando Marta escuchó la voz de mi madre, se quedó muda.
—¿Marta?
Ella cerró los ojos.
—Señora Rosa.
—No me llames señora. Me haces sentir vieja.
Marta comenzó a reír.
Después lloró.
Nunca había visto llorar así a alguien que parecía tan dura.
—Perdón.
—¿Por qué?
—Por no haber hecho caso.
—¿A qué?
—A lo que me dijo.
Mi madre guardó silencio.
—Marta, si todavía recuerdas lo que te dije, entonces no es demasiado tarde para hacer algo con eso.
Aquella frase volvió a cambiarla.
No de manera instantánea.
Las personas no se transforman mágicamente por una conversación.