La reclusa más temida de la prisión decidió humillar a la recién llegada, quitándole la comida delante de todas las internas

—¿Qué te dijo?

Marta sonrió.

—Que primero te sacara a ti.

Eso era exactamente lo que mi madre habría dicho.

—¿Y la sacaste?

—Con ayuda de mi hermana.

Marta mostró una pequeña cicatriz en el antebrazo.

—Me quemé ahí.

La miré.

—Mi mamá dijo que una mujer le salvó la vida.

—Tu madre también me salvó a mí.

No entendí.

—¿Cómo?

Marta permaneció callada.

Después habló.

—Cuando estaba en el hospital, me llevó comida.

—¿Mamá?

—Sí.

Yo había olvidado esa parte.

Mi madre apenas podía caminar después del accidente.

Pero aparentemente había conseguido saber dónde estaba Marta.

—Me llevó pan casero —continuó.

Sonrió mirando mi bandeja.

—Siempre le faltaba una esquina.

Me reí nerviosamente.

—Yo hago lo mismo.

—Ya lo vi.

Eso había sido lo que la hizo reconocerme.

Pero todavía no entendía por qué decía que mi madre la había salvado.

—¿Qué pasó después?

Marta miró hacia las ventanas altas.

—Yo ya estaba metida en cosas malas.

Aquello no era un secreto.

Había crecido en una familia complicada.

Su padre había sido violento.

Su madre murió joven.

A los catorce años Marta prácticamente vivía en la calle.

A los veinte comenzó a relacionarse con personas vinculadas a robos.

No era una criminal famosa.

Pero llevaba años tomando decisiones cada vez peores.

—Tu mamá me habló como si yo todavía pudiera hacer algo bueno con mi vida.

—¿Y eso te cambió?

Soltó una risa amarga.

—No lo suficiente.

Tres días después la arrestaron por un robo cometido semanas antes.

Salió bajo ciertas condiciones mientras continuaba el proceso.

Y tiempo después se involucró en el delito por el que finalmente terminaría condenada a una larga pena.

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