Si el pago se retrasaba, la deuda podía hacerse exigible de inmediato.
Y el responsable legal de regularizarla era el mismo nombre que aparecía en el contrato.
El mío.
Mi madre se acercó.
—Podemos arreglarlo.
—¿Cómo?
—Tú tienes trabajo. Puedes pedir un préstamo.
La miré.
No podía creer que acabara de decirlo.
—Después de llamarme parásita.
Ella bajó la mirada.
—No quise decirlo.
—Sí quisiste.
Tomé mi bolso.
—Y ahora entiendo por qué querían que me fuera antes del fin de semana.
Mi padre levantó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
—Si yo seguía viviendo aquí, podía descubrirlo.
Nadie habló.
Salí de la casa.
Esa tarde fui directamente al despacho de Sofía.
Ella leyó cada página sin interrumpirme.
Al terminar, levantó la mirada.
—Mariana, esto cambia completamente la situación.
—¿Puedo liberarme de esa garantía?
—Hay que revisar cómo se obtuvo tu firma y quién presentó estos documentos.
—Yo no firmé.
Sofía asintió.
—Entonces vamos a empezar por ahí.
Sacó una carpeta nueva.
—Pero antes necesito que me respondas algo.
—¿Qué?
Me mostró la última página del contrato.
Había una firma debajo de mi nombre.
La observé.
Era parecida a la mía.
Demasiado parecida.
Pero yo sabía que no era mi firma.
Entonces Sofía señaló la fecha.
—Ese día tú estabas fuera de Querétaro.
Me quedé helada.
—¿Cómo lo sabes?
Ella abrió otro documento.
—Porque ese mismo día pagaste una habitación de hotel en Guadalajara con tu tarjeta.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Alguien había firmado por mí.
Y no había sido mi madre.
Porque en el registro de acceso del banco aparecía otro nombre.