Y esa duda fue suficiente.
Esa noche, después de que Lucas y Leo se durmieran, revisé sus rutinas.
No los informes médicos.
Sus días.
Hora de despertar.
Comidas.
Medicamentos.
Limpieza.
Productos utilizados.
Temperatura de las habitaciones.
Todo.
Porque los síntomas de los niños no parecían los de una enfermedad que simplemente aparecía.
Parecían niños expuestos constantemente a algo.
Algo pequeño.
Algo repetido.
Algo dentro de su ambiente.
A la mañana siguiente, hice una pregunta que nadie había hecho antes.
—¿Los niños mejoran cuando salen de la casa?
Vincent me miró sorprendido.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando viajan. Cuando están fuera. Vacaciones. Hoteles. Visitas.
Se quedó quieto.
Después abrió un archivo en su computadora.
—El verano pasado estuvieron tres semanas en Italia conmigo.
—¿Cómo estaban?
Vincent pasó varias páginas.
Su expresión cambió.
—Mejor.
—¿Mucho mejor?
Asintió lentamente.
—Los médicos dijeron que el cambio de clima podía haber ayudado.
Sonreí.
—No fue el
clima.
Ese mismo día pedí algo extraño.
Que apagaran temporalmente el sistema automatizado de ventilación del ala de los niños.
Vincent dudó.
—Si hay algún problema, quiero saberlo.
—Precisamente.
El doctor Blake apareció cuando escuchó lo que estábamos haciendo.
—Esto es una pérdida de tiempo.
Lo miré.
—¿Está seguro?
—Completamente.
—Entonces no tendrá problema con que revisemos todo.
Su mandíbula se tensó.
—Claire, usted no entiende cómo funciona la medicina.
—Y usted parece olvidar que dieciocho meses de tratamientos tampoco encontraron respuestas.
El silencio fue inmediato.
Vincent no intervino.
Por primera vez, dejó que alguien cuestionara al médico que había contratado.
Un técnico llegó esa tarde.
Revisó los conductos.
Los filtros.
Las conexiones.
Durante casi una hora no encontró nada.