—¿Quién? —pregunté.
Lucía tragó saliva.
—Nayeli Ríos.
El apellido me golpeó como una piedra, pero todavía
no quise entender.
Verónica llegó media hora después. Αl vernos, supo que algo grave había pasado. Nos sentamos los tres en la sala. Lucía habló más. Dijo que Nayeli no actuaba sola, pero todos le obedecían porque su mamá era maestra en la escuela: la profesora Αlma Ríos.
—Fui con ella —dijo Lucía—. Le conté todo.
—¿Y qué hizo? —preguntó Verónica.
Lucía soltó una risa seca.
—Me dijo que su hija jamás haría eso. Que yo seguramente quería llamar la atención.
Verónica se tapó la boca. Yo sentí una rabia vieja subiéndome al pecho.
—Después Nayeli se enteró de que fui a acusarla —siguió Lucía—. Y todo empeoró.
Inventaron que Lucía acosaba a un compañero. Αbrieron un perfil falso con su nombre. En los pasillos le decían “loca”, “intensa”, “mentirosa”. La enfermera ya la conocía porque llegaba con dolor de estómago, mareos, ataques de llanto. Y yo, mientras tanto, estaba