la estuviera aplastando. Desde abajo solo vi sus tenis blancos y sus calcetas del uniforme. La escuché repetir entre lágrimas:
—No voy a perder… no voy a dejar que me destruyan.
Luego se quebró por completo.
Y yo, escondido bajo la cama, entendí que no estaba descubriendo un berrinche de adolescente, sino una pesadilla que había estado ocurriendo frente a mí sin que yo la viera.
No podía creer lo que estaba a punto de salir de la boca de mi propia hija…
PΑRTE 2
Cuando Lucía bajó a la sala, la seguí a distancia. Se sentó en el sillón abrazándose las rodillas, con los ojos rojos y la cara sin color. Se miró en el espejo del pasillo como si buscara a la niña que había sido antes.
—Ya no puedo —susurró.
Entonces salí.
—Lucía.
Ella brincó como si la hubiera atrapado robando.
—Papá…
No le grité. No podía.