—Nada.
—¿Nada?
Lucía dio un paso adelante.
—Querías controlar el dinero de Andrés.
—¡Quería ayudarte!
—¿Ayudarme?
Por primera vez su voz tembló.
No de miedo.
De rabia.
—Tres semanas después de enterrar a mi esposo estabas intentando decidir qué hacer con el dinero que dejó para su hija.
Doña Rosa bajó la voz.
—Somos tu familia.
Lucía miró las maletas.
Las cajas.
El televisor.
Después miró a Emilia.
—Ella también.
Hubo un silencio largo.
Entonces Tomás perdió la paciencia.
—Ya basta. Abre y hablamos adentro.
Tomó el zaguán.
Esteban se interpuso.
—Le recomiendo que no haga eso.
—¿Me estás amenazando?
—No. Le estoy explicando que Lucía ya dejó claro que no autoriza su entrada.
Tomás soltó la puerta.
Doña Rosa cambió de estrategia.
Empezó a llorar.
—Después de todo lo que hice por ti…
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