Se veía terriblemente cansado.
Pero sonreía.
—Hola, pequeña —decía mirando a la cámara—. No sé cuándo vas a ver esto. Quizá tengas cinco años. Quizá diez. Quizá seas adulta y estés pensando que tu padre era bastante cursi.
Me reí mientras lloraba.
—Probablemente tendrás razón.
Luego se quedó callado.
Miró hacia abajo.
Y cuando volvió a mirar a la cámara, sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Hay algo que quiero que sepas. Tu padre no se fue porque quisiera abandonarte. Si hubiera podido elegir, habría estado allí para cada cumpleaños, cada primer día de colegio, cada caída, cada partido, cada discusión adolescente…
Sonrió.
—Y probablemente habría sido insoportable.
La grabación terminó.
Había otra.
Y otra.