El médico continuó:
—Julian también quería que supiera algo sobre la donación.
—¿Qué?
—No quería que usted creyera que donar sus órganos significaba que estaba renunciando a luchar.
Miré el suelo.
—Entonces, ¿por qué lo hizo?
—Porque aceptó que había cosas que no podía controlar.
El médico hizo una pausa.
—Me dijo: “No quiero que mi último acto sea desaparecer. Quiero que algo de mí continúe ayudando a alguien.”
Esa noche regresé a casa sola.
La habitación de la bebé todavía estaba a medio preparar.
La cuna estaba junto a la ventana.
Sobre ella había un móvil que Julian había comprado semanas antes.
Nunca llegó a verlo instalado.
Me senté en el suelo y abrí la carta destinada a nuestra hija.
No debería haberlo hecho.
Ella todavía no había nacido.
Pero necesitaba saber qué había escrito.
“Hola, pequeña.”
Solo esas dos palabras fueron suficientes para romperme.
“Si algún día estás leyendo esto, probablemente seas mucho mayor de lo que puedo imaginar. Quizá tengas mi forma de caminar. Quizá tengas los ojos de tu madre. Espero que tengas su carácter, porque yo no sé cómo habría sobrevivido a este mundo sin ella.”
Sonreí entre lágrimas.
“Quiero que sepas algo: nunca fuiste una razón para que yo tuviera miedo de morir. Fuiste la razón por la que quise vivir con todas mis fuerzas.”
Me cubrí la boca para no sollozar.
“No quiero que me idealices. Cometí errores. Tuve miedo. Hubo noches en las que lloré cuando tu madre estaba dormida. Hubo días en los que fingí sentirme mejor porque quería que ella pudiera respirar tranquila.”
“Pero hubo una cosa que nunca dudé.”